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“Toda mi vida es el ayer...”

19/03/2017 20:54 Escribe Luis Tarullo

Los tres secretarios generales de la CGT dijeron claramente en una semana algo que pudieron haber dicho antes y así hubieran evitado muchos debates y malos entendidos.

Poco después de la movilización del día 7 y los incidentes, Héctor Daer señaló que hubo sectores que tenían la intención de hacer “desbarrancar” al gobierno de Mauricio Macri.

Juan Carlos Schmid, más preciso y contundente, afirmó al momento de anunciar el paro nacional que la CGT no quiere presentar un plan alternativo de gobierno ni reemplazarlo, ya que los dirigentes no son elegidos por la ciudadanía sino por los trabajadores, y que su misión es expresar los intereses y los reclamos de esos trabajadores.

Y tras la formalización de la fecha de la huelga del 6 de abril, Carlos Acuña dijo que “palos nos van a dar a nosotros si no hacemos el paro”, en directa alusión al malestar de las bases por las suspensiones, los despidos y la baja en el poder adquisitivo de los salarios, entre otros problemas.

Así, el triunvirato que conduce la central sindical peronista trató de poner una valla de contención a la ola de acusaciones provenientes del oficialismo y sus aliados acerca de una presunta vocación “desestabilizante”, en supuesta comunión con sectores del peronismo, históricamente afines a los dirigentes gremiales.

Uno de los que se mostró más enérgico últimamente en ese aspecto es el ministro de Trabajo, Jorge Triaca, paradójicamente criado en un hogar de raigambre sindical, lo que le valió réplicas públicas y privadas de parte de viejos compañeros de ruta de su padre.

En paralelo, las dos CTA, que agrupan al sindicalismo de centroizquierda y que lideran Pablo Micheli y Hugo Yasky y van en camino a la reunificación, anunciaron un paro nacional para el 30 de marzo y su adhesión activa a la huelga de la CGT.

El cese “ceteísta” contará básicamente con la adhesión de los trabajadores de las administraciones públicas y los docentes, que ya vienen enancados en su propio plan de lucha.

El dato lanzado por Acuña acerca de la inquietud creciente de las bases y el reclamo de que sus demandas tengan expresión concreta en manifestaciones y paros alcanza a todas las estructuras sindicales, sea cual fuere su denominación y su inclinación ideológica.

Por ello las CTA, a diferencia de otros tiempos donde solían aprovechar los espacios que dejaba el gremialismo peronista tradicional por inacción, ahora se ven compelidas a responder rápidamente, porque son ellas también amenazadas con la pérdida de territorio a manos de movimientos sociales que en los últimos años fueron ganando la calle y los favores de los gobiernos.

Además, por supuesto, está el lógico enojo de los trabajadores de las organizaciones que cobija bajo su paraguas por los efectos de los problemas de la economía, más allá de que ser empleado del Estado significa en varios aspectos tener ventajas con respecto a los particulares o autónomos.

A la par de los anuncios de las huelgas nacionales, sectores de la izquierda más radicalizada informaron que el 6 de abril saldrán a las calles a hacer piquetes y movilizaciones. La CGT dijo que su consigna es no salir de las casas. Sobre todo, teniendo en cuenta la experiencia del 7 de marzo, donde se produjeron los incidentes que, si bien estuvieron acotados a un área de un par de cuadras, tuvieron una amplificación y una repercusión política monumental.

También, en paralelo a la difusión de los paros, se conocieron números oficiales sobre la baja del desempleo, pero con ciertas particularidades. La desocupación bajó porque centenares de miles de personas dejaron de buscar trabajo.

Y una de las razones por las que ese ejército de ciudadanos dejó de golpear puertas o de leer los clasificados debe buscarse en la percepción de planes sociales que permiten sobrevivir sin cumplir tareas.

Tras el anuncio de las medidas de fuerza nacionales los dirigentes han dicho que los diálogos no están cortados, pero la mesa que se había construido para que todos los interlocutores conversaran está apolillada. Será muy difícil, si no imposible, su reconstrucción.

Y así entonces parecen volver a escucharse los versos de aquel inmenso “Naranjo en flor” de Homero Expósito que, como un resignado lamento, dicen “…después, qué importa del después, toda mi vida es el ayer, que se detiene en el pasado…”.

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